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26 April
Veni, vidi, vinci. Llegué, vi, vencí. Ahí lo tienes. Sí señor, Cayo Julio César, con un par. Porque ir pa' ná es tontería, ¿no? Si "venis" y "vidis", pero no "vincis", ya me dirás tú. Se te queda cara de socio del Atlético de Madrid, y luego viene Sabina y te hace un himno.
Está bien eso de los himnos. Tener un himno da un plus, da tradición, solera, categoría... Y si tiene letra, entonces es impresionante. Puedes ser el cabecilla de la asociación, grupo, hermandad o cofradía más cutre del mundo, pero si tienes un himno... ¡Ah, amigo! Eso son palabras mayores. Catorce tíos borrachos cantándolo a voz en grito, copas en alto... Eso sí que impresiona.
Y si la letra es en latín, ya ni te cuento. No hay nada tan entrañable como una coral universitaria entonando el Gaudeamus igitur, mientras las lágrimas asoman por los ojos de tenores y contraltos, y el público hace ver que se lo sabe, generalmente con poca fortuna.
Porque esa es otra, la gente que murmulla o farfulla, disimulando, porque no sabe la letra de lo que canta o recita. El caso más flagrante es asistir a una comunión, bautizo o similar, y percibir un rumor ininteligible a la hora de rezar el Padrenuestro. Es lógico, una vez que ya nos sabíamos la letra, van y la cambian. Los curas quieren que vayamos a misa, pero no se dan cuenta de que en realidad, si no vamos, es porque nos da vergüenza no estar a la última, que nos cambien "el pan nuestro de cada día" por "el pan que cada día nos das" o cualquier otra cosa, y quedar fatal ante esa señora a quien acabas de dar la paz sin demasiado entusiasmo.
Aunque en realidad somos expertos en el arte del disimulo. Todos sabemos cantar canciones en otras lenguas, lo que ocurre es que no las acabamos, y disimulamos. ¿Quién no ha cantado alguna vez: "Yesterday... all my troubles seem so far away...", para luego continuar "lálarílo, lálaríííílolaaaa"? ¡Y qué bien que lo pronunciamos!: "Yesterdei... ol mai trabels sim sou far auei...". Y así con un montón de canciones.
Aunque a veces el lalalá lo hacemos a propósito. Por ejemplo, si cantamos la canción de cumpleaños de los payasos de la tele dedicada, pongamos por caso, a alguien que no goza de nuestra simpatía, sonaría algo así:
Feliz, feliz en tu día... Amiguito que Dios te bendiga... Que reine la paz en tu vida... Lalalá, lalá, laláááá.
En fin, que, volviendo a los himnos, me quedo con esa imagen de los futbolistas minutos antes de empezar el partido de su selección, cuando el infinito pasa por sus miradas. ¿Qué deben de pensar? Seguro que algo así como que, con la pasta que ganarán en ese partido y los sucesivos, se van a arreglar la cocina. El patriotismo es lo que tiene, que genera ataques de himnosis...
16 June Florencia, 1817. Iglesia de la Santa Croce. Un individuo sale por la puerta del templo dando tumbos, con la expresión desencajada por el desconcierto.
– ¡Mira, es Marie Henri Beyle!– exclama un joven al verlo pasar. – ¡Qué dices, yo creo que es Stendhal, el de los lapiceros!–le replica la chica que lo acompaña. – ¡No sabes lo que dices!– responde el chico –los de los lapiceros son Staedtler y Cecilia Böhl de Faber. – ¿Estás seguro? ¿Esa no era la del ponche Fernán Caballero? – ¡Anda, deja de decir tonterías, que no sabes de qué hablas! – Oye, guapo, a mí no me vaciles porque te mando a paseo, ¿eh? –la joven enarbola la funda del instrumento que lleva en la mano derecha y continúa – ¡A ver si te tragas el clarín! – ¿Ese no es Leopoldo, alias Clarín? – Eres un imbécil, se llama Leopoldo Alas y todavía no ha nacido. – No, si no vale la pena hablar contigo. En el fondo soy un pobre desgraciado –dice el joven, bajando la cabeza. – ¡Uy, sí! El pobrecito hablador, como Larra. – Pero si ese sólo tiene ocho años...
El individuo, que estaba recuperándose de la angustia y los mareos, los escucha ensimismado, y añade a su malestar físico la desazón mental que le causa la conversación, que parece alargarse indefinidamente. A punto de caer al suelo, consigue apoyarse en una pared donde una placa dorada indica que hay un médico en el portal adyacente.
Decide subir a la consulta. El doctor lo recibe, le hace diversas preguntas, le toma el pulso y, tras cavilar durante un largo rato, le dice:
– Creo que padece usted el síndrome de Baileys. – ¿Y eso es grave, doctor? – Aún no lo sé, señor Bayleys. – No me llamo Bayleys, me llamo Beyle, Marie Henri Beyle –dice el individuo, indignado–. ¡Stendhal! ¿No sabe quién soy? – ¡Ah, el de los lapiceros! Pues entonces va a ser el síndrome de Stendhal lo que tiene.
El individuo abandona la consulta sin pagar y el médico sale corriendo tras él, gritando:
– ¡Cójanlo, que no escape! ¡Es peligroso, tiene el síndrome de Stendhal y me ha robado un lapicero!
10 June Hiddenville es una población del norte del estado de Washington que cuenta con una población estable de cinco habitantes –tres mujeres, un hombre y un abogado– que en invierno se amplia a seis con la visita de un oso que duerme en el garaje del picapleitos.
A finales del año 2006 se celebró en dicha localidad el "I Concurso Universal de Blogs de Autores Zurdos" (CUBAZ-I). La afluencia de concursantes que se presentaron obligó al Sr. Smith, encargado de la organización del evento, a modificar su rutina diaria considerablemente: tuvo que abandonar, muy a su pesar, la costumbre de arrastrarse aviesamente por la tienda de ultramarinos de la Sra. Jones en busca de latas caducadas de gusanos para la pesca para conseguir un descuento del diez por ciento de su importe.
Hasta un total de tres esperanzados concursantes procedentes de los lugares más dispares del planeta (una casa de un pueblo abandonado de Soria, un petrolero venezolano y el Vaticano) presentaron sus blogs al certamen. El concursante del Vaticano fue rechazado tras un breve análisis de sus textos: el jurado, compuesto exclusivamente por la Sra. Woodgate, la más ávida lectora de recetas de tartas de arándanos de la comarca, decidió que existían dudas manifiestas en cuanto a la condición de zurdo del Padre Montella. Muy hábilmente, lo dedujo por el personaje de uno de sus textos, que había perdido el brazo derecho y presentaba serios problemas para ponerse ambos calcetines con su mano izquierda.
Así, hubo una reñida pugna para decidir quién sería el ganador, lo que llevó a la Sra. Woodgate a dejarse de hablar a sí misma mientras dormía las noches de los días impares, hasta que en una de ellas apareció asomado a su ventana el oso del garaje del abogado, cuyas dificultades para encontrar la postura en que aletargarse le producían un insomnio que sólo aliviaba imitando con la boca el sonido de unos zapatos de claqué por las calles de la localidad. Aquella noche, la única miembro del jurado se despertó y se dijo a sí misma que era mejor dejarse de tonterías, salir corriendo y refugiarse en el guardarropa disfrazada de bocadillo de salami, hacia el cual sentían aversión todos los osos de la comarca.
El día del veredicto representa para el único experto en la materia que existe –un guarda forestal alemán expulsado del cuerpo por ser incapaz de pronunciar la palabra chucrut sin provocar un incendio en la vegetación más cercana– un punto de inflexión en la historia reciente de la humanidad, y marcaría definitivamente el rumbo de la embarcación que transportaba pasajeros de una orilla a otra del río. Esto se debía fundamentalmente a que dicha nave era el único lugar donde almacenar las cajas llenas de folios que habían enviado los concursantes, lo que provocó que se escorara hacia la izquierda, de tal manera que el trayecto que antes era recto y duraba tres minutos había pasado a tener la forma de un muelle estirado y durar seis horas y doce minutos. Ese día, decía, el mundo descubrió una de las figuras más relevantes e influyentes en el pensamiento occidental contemporáneo, a pesar de que sus seguidores nunca pasaron del mágico número de cuatro y medio (el último era un paciente esquizofrénico de un frenopático cercano, que se debatía entre la veneración al maestro y la crítica más ácida y destructiva a su filosofía).
(continuará...)
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