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04 April
"Pues nada", se dijo, "que habrá que seguir adelante".
Las banderillas que llevaba clavadas en la nuca cada vez le resultaban más molestas, especialmente porque le desgarraban la piel y los músculos a causa del roce con la enorme y pesada caja que transportaba cargada a la espalda. Todo sería más sencillo si el camino no estuviera infestado de enormes plastas de elefante que le llegaban hasta las rodillas y dificultaban los movimientos de sus piernas. Y, desde luego, sería mucho más llevadero si esos malditos enanos, que aparecían en el momento menos pensado, dejaran de darle patadas en los testículos.
"Venga, hombre", se dijo, "vamos a seguir adelante", mientras pensaba en esa mano que le animaba y que le sostenía cada vez que desfallecía.
16 March
Perdido en el recuerdo de miradas perdidas, J olvidó que el volante del coche debía continuar oscilando a derecha e izquierda. El impacto con el quitamiedos fue tremendo, pero tal vez no hubiera revestido mayor importancia si este no se hubiera doblado como el plástico, permitiendo que el vehículo lo superara y cayera montaña abajo con un sinfín de vueltas de campana.
Era de noche, y J estaba malherido en un lugar apenas perceptible, sin posibilidad de salir del amasijo de hierros que le aprisionaban y le dificultaban enormemente la respiración. Notaba humedad en algunas partes de su cuerpo, seguramente sangre que brotaba de las heridas –como la que notaba caer en sus labios–, y no sentía nada desde la cintura hasta los pies.
Desistió inmediatamente de realizar actos heroicos, y se centró en intentar lograr que el dolor no fuera insoportable. Se relajó, acomodó la respiración a sus posibilidades y, una vez que consiguió alcanzar un estado tolerable, intentó valorar cuánto tiempo le quedaba de vida. No tenía la menor idea, pero estaba convencido de que no llegaría a ver la luz del amanecer. Lejos de asustarse, entristecerse o ponerse histérico, su mente entró en un estado de paz absoluto: por una vez, existía algo claro e inevitable, algo que no dependía de él ni de nadie más; algo que llegaría sin remedio, hiciera lo que hiciera, pasara lo que pasara.
La sensación de que nada dependía de él llevó su tranquilidad a un extremo desconocido. Sintió cómo de sus ojos brotaban lágrimas que no eran de dolor ni de tristeza: eran lágrimas que liberaban el cansancio acumulado a lo largo de toda su vida. En aquel momento, en ese preciso instante, J era J, él, solamente él.
Poco a poco fueron apareciendo todas y cada una de las personas que formaban parte de su vida. ¿Las echaría de menos? Por primera vez fue plenamente consciente de que sólo echaría de menos (si es que eso era posible en el más allá) a aquellas que, sin duda, le echarían de menos a él. Eso limitaba el círculo a seis, siete, tal vez ocho personas; y, si dejaba de lado la consanguinidad, una o dos. Sin duda, todas ellas lo superarían.
En poco tiempo, pasaría a ser un recuerdo borroso, con las ventajas inherentes: lo malo se olvidaría, y tan sólo quedaría lo bueno. La idea, a medida que iba madurando en su cabeza, le parecía cada vez más atractiva.
De pronto, unas sirenas interrumpieron sus ensoñaciones: "¡Mierda! Alguien sabe que estoy aquí". Esta vez las lágrimas que brotaron sí eran de tristeza. Movió el cuello hacia atrás todo lo que pudo, y dejó que su boca se fuera inundando de una mezcla de sangre, lágrimas y saliva. Cuando ya apenas cabía una gota más, haciendo un gran esfuerzo, la tragó, consciente de que no podría evitar el vómito.
Su último pensamiento se lo dedicó a Bon Scott.
10 October
Camino de la reinterpretación espuria de la falsa realidad. Realidad que no es una, sino varias, dos o tres, tal vez cuatro, quizás infinitas. Todas falsas, menos una, o todas ciertas, según quién, o según qué, o según el estado de ánimo. Múltiples caminos para un idéntico final, sólo uno e inevitable. Por más que reinvente, no invento nada nuevo, tal vez elijo un nuevo uso del invento, tal vez creo nuevas formas de lo eternamente conocido. Elijo, elijo, elijo... ¿cómo quiero morir? Ni siquiera eso elijo, o sí, siempre que yo sea el que elige la muerte, y no acepto la que me será dada, pero no quiero esa elección, prefiero morir de angustia y desespero. ¿O prefiero no morir? Condena eterna de vivir eternamente, ver cómo naces, creces y mueres tú, y tú, y tú, y tú, y tú... Y me arrugo y me plancho, y me mojo y me seco, y me caigo y me sostengo. Reinterpreto el infierno que no es mío, que es de todos, para creerme que todo está bien porque tú, desarraigado, sin papeles, moribundo, estás peor. Lucho porque tú ya te rendiste, y me rindo porque no sé luchar, ni por mí, ni por ti. Yo, que llevo el luto en mi interior, contigo, que lo llevas en tu piel, o en tu mirada, de tanto que te quema en tu interior. Yo, moribundo ante mi equipo hi-fi y mi televisor, tú ante la arena del desierto, ante el viento que te lleva, ante el agua que te ahoga, ante la tierra que tiembla. ¿Quién elige su muerte? Tú y tus ganas de vivir, yo y mi apatía, tú y tus esperanzas, yo y mis desesperos, pero tú no eliges, porque tú mueres, y yo elijo, elijo seguir vivo. No quiero elegir si tú no puedes hacerlo, no sé cómo elegir por ti, ni quiero ser otro grano de arena en tu desierto. Como héroes perdidos, tú deambulas buscando mi casa, y yo me pierdo en ella. Contigo enfrente, yo no soy nada. Contigo enfrente, nadie es nada. Meros reinterpretadores espurios de la falsa realidad.
19 September
(Inspirado en las crónicas del caminante de Tiscali.)
Cuando el caminante siente que su cuerpo emite las primeras señales de fatiga tiende a desoírlas y busca fuerzas que le ayuden a llegar aún más lejos en su lucha con la distancia. Así que prosigue, y no ceja en su empeño hasta que el paisaje comienza a aparecerse como un cuadro lejano, fantasmal e intangible. Entonces se detiene, rendido al agotamiento y al aturdimiento que le provocan la falta de aire y el exagerado ritmo del corazón. Se sienta, y por un instante vuelve la vista atrás.
El descubrimiento que hace nunca le deja indiferente. Se sorprende al observar que el camino recorrido no se parece al que ahora divisa. El cambio de perspectiva le ofrece una nueva manera de descubrir lo que creía conocer. En ocasiones, reconoce oscuridad donde había luz, claridad donde había penumbra, sombras donde encontró reflejos, destellos donde no vio nada... En ese momento desea apresar el nuevo horizonte, aún perplejo por no reconocerlo, pese a haberlo recorrido piedra a piedra. Así que coge la cámara fotográfica, elige el ángulo que llama más su atención y lo inmortaliza. Con el tiempo, al ver el resultado, recordará que fue el cansancio el que le hizo descubrirlo.
Un cansancio similar al que ahora, sentado ante un café, le hace mirar atrás y no creer lo que ve: una lluvia de flechas, lanzadas por arqueros invisibles, que caen a su alrededor y forman una prisión de la que no sabe escapar. Cierra los ojos, remueve el azúcar con la cucharilla, y el sonido que produce al chocar con las paredes de la taza retiene la lágrima que amenaza con perderse en la negrura del café que la ocupa.
20 June En la soledad que conforman una televisión, un sofá y un cuerpo inerte tendido sobre él, la brisa del aire que entra por las rendijas de la persiana bajada casi por completo es la única señal de que existe un mundo fuera del salón; los cambios de luminosidad recuerdan que también hay un tiempo que pasa; algún grito ocasional, una conversación de tono más elevado que el habitual, el ruido del motor de un coche, representan un nexo de unión ocasional con el resto de la humanidad.
Una mirada alrededor de la estancia descubre el lienzo en el que se pinta la vida ermitaña: una mesa para comer, un equipo donde escuchar música, una guitarra que tocar, y la eterna caja tonta. Pocos cuadros se pueden crear sobre una tela tan burda: de buen grado el cuerpo inánime se levantaría y destrozaría cada hebra que la compone. Y, sin embargo, allí se queda, estirado, esperando que el sueño le venza.
Al abrigo de la desesperanza del que nada espera, el cuerpo cae en brazos de la muerte diaria que le transporta a mundos irreales, más sencillos de transitar, y en ellos esboza sonrisas que le transportan a un dulce despertar, a esos minutos de ser y no ser en los que todo es posible: los únicos momentos de felicidad que le otorga su existencia.
09 June Basado en "Thursday's child", de David Bowie.
Toda mi vida me he esforzado en dar lo mejor que tenía: no ha habido grandes cambios, todo ha seguido igual. Algo de mí quedó allí anclado, tal vez un suspiro de esperanza que se desvanecía. Quizá nací a destiempo y mi vida se ha partido en dos.
Guíame al mañana ahora que realmente tengo una oportunidad: todo empieza a encajar, y si miro al pasado es sólo para olvidarlo. De lo único que no me arrepiento es de ti.
A veces, cuando los días se arrastran y la soledad acompaña las noches, le pido a gritos a mi corazón que se duerma. A veces el valor cae a mis pies. Pero en mi cielo veo a un niño con suerte, ese niño que siempre me ha acompañado.
Nada me había preparado para que tu sonrisa iluminara la oscuridad de mi alma. Nada me había preparado para la inocencia que me brindan tus brazos.
A fin y al cabo, yo sólo era un niño que tenía un largo camino por delante...
El cerebro comienza a emitir impulsos eléctricos, que se desplazan de neurona a neurona, hasta llegar a las terminaciones nerviosas, que lo transmiten hasta los músculos; los pulmones toman aire y lo expulsan a través de los bronquios para llegar a la tráquea, que lo conduce a la laringe, donde las cuerdas vocales entran en acción para dotarlo de las características de sonoridad necesarias; alcanza después la cavidad bucal, donde los labios, los dientes, los alvéolos, el paladar, la úvula y la lengua lo matizan y lo convierten en sonidos inteligibles: "te quiero".
El sonido se transmite por el aire en forma de ondas sonoras que llegan al oído del receptor; por el canal auditivo externo alcanzan el oído medio, donde el tímpano vibra y propaga dicha vibración a la cadena de huesecillos, desde donde alcanzan la cóclea y el nervio auditivo, que la convierte en impulsos eléctricos; la señal llega al cerebro, donde, tras el paso por varias neuronas, se interpreta.
(...)
El cerebro comienza a emitir impulsos eléctricos, que se desplazan de neurona a neurona, hasta llegar a las terminaciones nerviosas, que lo transmiten hasta los músculos de las piernas, que se ponen en funcionamiento en una veloz carrera que aleja al receptor del eco que resuena tras sus zancadas.
08 June V siente nostalgia de los instantes hermosos, plenos, que aspira a que duren por siempre, y llora lágrimas por los instantes dolorosos, tristes, que pretende borrar de la memoria. V busca un equilibrio ficticio por donde transiten su vida y sus recuerdos.
V ha encontrado a H, que le ha enseñado a sostenerse con una cierta impasibilidad, y hasta con alegría, ante los acontecimientos, y se aferra a ella, aunque no se dé cuenta, para seguir adelante. H sí se ha dado cuenta, y le ofrece sus más bellos sentimientos. V le corresponde de la mejor manera que sabe, con el inconsciente temor de perderla.
El tiempo va pasando, y H empieza a sentirse asfixiada por la responsabilidad de evitar las caídas de V. No se da cuenta, pero empieza a tomar distancia de él. V, sin embargo, cuando percibe el alejamiento, comienza a notar cómo se manifiestan sus miedos ocultos al descubrir lo dolorosos que son los silencios de H.
El día que H desaparece definitivamente, V ya ha tomado la decisión de abandonarse. Aunque no se lo ha dicho, hace algún tiempo que la ha puesto en práctica. Se ha entregado a experiencias banales, sin plantearse nada más.
Así, deambula de un sitio a otro, empobreciéndose en las barras de los bares, entregándose a la compasión etílica que le conduce a llenar lechos vacíos de amor y repletos de desesperanza. Hasta que un día deja de reconocerse: no recuerda los instantes hermosos que quería que duraran por siempre, la nostalgia ha dejado de invadirle; no recuerda los instantes dolorosos que pretendía borrar de la memoria, las lágrimas ya no asoman a sus ojos. V ni siquiera se plantea buscar un equilibrio en su última caída. V es otra persona, sin ángeles ni demonios a su alrededor.
Un día, al despertar y abrir los ojos, se encuentra con una figura que aguarda pacientemente sentada en una silla cercana a la cama. No la reconoce, pero inmediatamente acude una pregunta a su maltrecha mente, y encuentra fuerzas para formularla: "¿Por qué?". No hay respuesta; la figura se levanta y coloca la mano en la frente de V, que siente un descanso infinito, que la mira a los ojos y que descubre en ellos un enorme vacío que lo reconforta... Y en él se abandona.
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F había guardado siempre montones de palabras en su interior. En innumerables ocasiones, cuando las tenía en la punta de la lengua, se las tragó: unas veces por desidia, otras por no molestar, las más por miedo. El miedo al ridículo y, sobre todo, al fracaso, llenaron su mente hasta que no pudo más.
Así que un buen día decidió olvidar las consecuencias de lo que dijera, y comenzó a expresarse libremente. Descubrió que sus sentimientos afloraban desaforadamente, sin tregua. Era capaz de manifestar su amor y su odio, su simpatía y su antipatía, y esperar las reacciones.
Mientras estas llegaban, vivió en un mundo de ensueño: por fin él era él. Transitó por realidades y sueños: realidades que le acercaban más a sí mismo y sueños que en algunos casos conseguía trasladar a la realidad.
Y entonces empezaron a aparecer las consecuencias: toda su antipatía le granjeó desprecio; su simpatía le trajo falsas amistades; su odio le generó olvido y rencor; y su amor... su amor le regaló sentimientos correspondidos que le crearon una gran confusión.
Asumió todo lo que le cayó encima, pero no supo cómo enfrentarse al cariño, al afecto y al amor que siempre le había sido negado y que ahora recibía en grandes cantidades. Sintió que deseaba devolver todos y cada uno de los sentimientos, y al hacerlo abrió, sin darse cuenta, el baúl de las palabras nunca dichas.
Fueron tantas las que quisieron brotar de su interior que sus pulmones, su faringe y su laringe, sus cuerdas vocales, su lengua y sus labios apenas acertaban a realizar los movimientos mínimos indispensables para emitirlas. Así, comenzaron a agolparse en el interior de su cavidad bucal, formando un embudo, un colapso sin remedio, que fue aumentando hasta llenarlo por completo.
Incapaz de respirar, incapaz ya de pensar, F murió. El forense que realizó la autopsia se quedó perplejo cuando, al abrir su boca, encontró montones de palabras inertes; igual que cuando practicó una incisión en el tórax y se derramaron, bañadas en sangre, más palabras sin vida. Las ordenó como pudo, sobre una mesa libre y, tras leerlas con atención, escribió en el informe: "Causa de la muerte: Insuficiencia en la gestión de la felicidad".
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07 June El último grito surca la negrura de la noche.
Las sábanas están impregnadas del sudor del moribundo. La habitación, de su aliento. Las calles, de muerte. No hay perdón para el que llora, ni piedad para el que sufre. El círculo se cierra a modo de velatorio alrededor de los lechos. Los corazones apuntan al cielo, pero no hay cipreses que los guíen al paraíso. Porque no hay nada.
El infierno está aquí y lo es todo. Lo sabe quien está llegando al fin. Lo intuyen quienes lo plañen, pero mañana será un recuerdo confuso, y seguirán encendiendo velas y alzando la mirada pidiendo compasión. Hasta que la negrura de la noche los ahorque en su último grito.
18 April "¿Por qué" –se decía– "siento el dolor de tantas heridas, si no veo los puñales que las causan?"
Se mira ante el espejo y descubre que las heridas no están dispersas, sino que se acumulan en un solo punto de su cuerpo, de tal manera que han conformado un inmenso boquete en un espacio anexo al esternón. Por un efecto extraño, los mismos agujeros que perforan su corazón evitan que se desangre, tal vez taponados por las hojas de las dagas invisibles.
Piensa que, si acaba con la tortura, lejos de curarse, llegará su fin. Que si alarga su mano los puñales se harán palpables, reales, y que si estira de uno sólo de ellos, la sangre brotará hasta hacerle caer, inerte, al frío suelo de baldosas negras.
Así que vuelve a ponerse la camiseta, se sienta y fija la mirada en el infinito. Un día más, un día menos.
24 March Entré en el bar y allí estaban, sentados alrededor de una mesa, reconocibles por el contenido de sus vasos, avalados por un montoncito de monedas, opacos tras un abanico de cartas, agujereados por un cigarrillo... Hacía tiempo que no los veía, pero los recordaba con la misma pose. Quizás en realidad me los imaginaba así. Mi primera intención era saludar y mostrarme afable, simpático. No pude hacerlo. Al contrario, aproveché que nadie parecía haber reparado en mi presencia para darme la vuelta y salir del bar.
En la calle, la luz comenzaba a escasear. De camino a casa, mi pensamiento vagó por situaciones inventadas. ¿O quizá eran reales? Primero apareció una imagen del bar con todos sus pobladores: tras la mesa principal, en segundo plano, atentos a la partida, los observadores habituales consumen alcohol; a medida que la tarde se aleje, los ojos se les enrojecerán y ellos se adormilarán o se exaltarán, según les haya ido el día; al lado de algunos de los jugadores, las chicas de, aspirantes a señoras de, intentan adoptar un gesto de autosuficiencia; a medida que la noche se acerque, sus expresiones revelarán las señales de la humillación diaria a que se someten; más allá, alejados de la mesa, los aspirantes a formar parte de la elite cultural del bar, que admiran el prácticamente impenetrable círculo y le atribuyen conocimientos que trascienden las paredes del local y, casi con toda seguridad, la misma vida; a medida que esta avance, sus mentes se protegerán de este recuerdo; tras la barra, el amo cierra los ojos porque le molesta el humo del cigarrillo que le cuelga de la comisura de los labios, y contempla la escena mientras sostiene un vaso medio vacío de whisky con hielo en la mano derecha.
Como en una película, el objetivo, después del plano general, hace un zoom y desfila ante cada personaje. La mayoría no merece especial atención y la cámara no se detiene. Sin embargo, se para en una cara que, progresivamente, va ocupando toda la pantalla, y su expresión invita a que su contorno se difumine por unos instantes, como si se quisiera dar a entender la presencia de un paréntesis, de una historia que el espectador tendrá que imaginar.
Y el espectador inventa, y como ya sabe que se trata de una de las chicas de, echa un rápido vistazo a la silla mas cercana y ve al chico, que tiene una actitud hacia ella de indudable indiferencia, pero de solemne concentración -y quién sabe si de sutil inteligencia- hacia el juego. Un par de buenas manos, alguna partida triunfante, le facilitarán la conversación mientras acompaña a la chica al metro para decirle adiós: hoy no la acercará a casa en coche porque ha quedado en el bar con los amigos para ver el partido en la tele.
El espectador ve como la chica, otro día, en el mismo escenario, se acerca al chico, que está sentado en un taburete cercano a la barra, y le dice, con la voz tranquila y las palabras bien escogidas: "lo nuestro se ha acabado". Él no se inmuta. Su rostro, impávido, apenas gira unos pocos grados a la izquierda para verla. Su mirada, de refilón, a medio camino entre la despreocupación y el menosprecio, se corta súbitamente. Su cuerpo se balancea hacia el otro lado y tira el cigarrillo al suelo, coge la botella casi agotada de cerveza y la acaba de vaciar en el vaso -la espuma cae por las paredes de vidrio-, deja caer el pie derecho sobre la colilla que todavía humea y, con un movimiento parsimonioso, la apaga, extiende el brazo izquierdo y coge el vaso, que finalmente deposita en la mesa de siempre justo ante la silla que él ocupa inmediatamente. Ella se va.
El espectador intenta predecir el final de la historia. Ella rompe y no vuelve: normal, pero no acaba de convencerle. El chico llora, arrodillado a los pies de la chica, mientras le implora que vuelva con él: este chico nunca haría tal cosa. Más bien parece que la historia se decantará hacia un retorno de la chica al bar para ocupar el mismo asiento de siempre, sin decir nada, deseosa de que nadie se dé cuenta de que alguna vez se fue; la partida, de esta manera, adquiere unas dimensiones inconmensurables en el tiempo e, incluso, en el espacio: muy realista.
La cara de la chica recobra su perfil diáfano y la cámara avanza un poco, hasta que encuentra otra expresión en la que vale la pena detenerse. Pero la proyección se ha vuelto aburrida, y los paisajes reales, que quién sabe si son ficticios, ocupan de nuevo mi pensamiento. El semáforo está en rojo y, en cuanto dejen de pasar coches, motocicletas, furgonetas y camiones, cruzaré la calle, abriré la puerta del edificio y subiré a mi casa.
Entro en el piso. Me ducharé. No recuerdo qué es lo que ha ocupado mi pensamiento mientras me dirigía a casa. Se me ha hecho muy corto el viaje.
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