Numb's profileEl mundo de un funámbuloBlog Tools Help

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    31 August

    Inteligencia... ¿artificial?

    Lentos, apáticos, los últimos días de julio caían como losas sobre las espaldas de la gente, que apuraba los últimos días de trabajo a la espera de las ansiadas vacaciones. El verano estaba en pleno apogeo, el sol taladraba sin tregua todos los rincones de la ciudad, y los periódicos se llenaban de informaciones sobre el cambio climático.

    P nunca había creído demasiado en él ni en las desgracias que profetizaba. Mientras caminaba hacia su casa, reflexionaba sobre lo difícil que le resultaba aceptar que un planeta que había sufrido condiciones extremas a lo largo de su existencia pudiera ahora desmoronarse por medio siglo de frenética actividad industrial humana. Estaba convencido de que la Tierra seguía su evolución, y que el factor humano era tan sólo un elemento más a tener en cuenta entre otros muchos, de los cuales gran parte, a buen seguro, ni siquiera debían conocerse. Por otra parte, le molestaba profundamente que su especie se considerara el epicentro del universo. Al fin y al cabo, se decía, "no somos más que otro eslabón en el tiempo, condenado a la extinción desde el mismo momento en que aparecimos, como todas las demás especies".

    Sin embargo, las noticias, reportajes y documentales sobre el cambio climático no eran la única información importante de los últimos meses: los temas relacionados con la robótica y la inteligencia artificial ocupaban cada vez mayor espacio editorial, e incluso la radio y la televisión dedicaban monográficos en los que se amontonaban datos y teorías frecuentemente contradictorios. Internet se llenaba de foros en los que gente de todo tipo vertía sus opiniones, y se creaban weblogs y páginas específicas dedicadas a anunciar cualquier novedad que surgiera, sin que nadie se ocupara de contrastar su veracidad. Tampoco habían tardado en inaugurarse nuevas teorías de la conspiración, publicitadas a través de la red y difundidas al resto de la población por avispados escritores que, amparados por el género de ficción, manejaban y retorcían a su antojo todo dato que caía en sus manos para elaborar historias noveladas que introducían la duda en sus lectores, creaban corrientes de opinión y, lo más importante para sus autores, incrementaban desmesuradamente sus cuentas corrientes. Si el efecto que se buscaba era lograr que la opinión pública se interesara en ello, había que reconocer que se había conseguido: encuestas a pie de calle reflejaban que la preocupación por el desarrollo de máquinas inteligentes, independientes de sus humanos creadores, había pasado a ocupar el tercer puesto, tras el terrorismo y el precio de la vivienda, y por encima del paro y la corrupción.

    P también era escéptico sobre la existencia real de máquinas que desarrollaran su inteligencia y su vida al margen del ser humano. Estaba absolutamente convencido de que quienes ostentaban realmente el poder en el mundo, fueran quienes fueran, hacía décadas que utilizaban la enorme influencia que la difusión de determinadas informaciones tenía sobre la población. No dudaba de que la propagación de inquietantes revelaciones científicas era un arma empleada para mantener a la gente preocupada por ciertos asuntos, con la finalidad de que no se ocupara de lo que de verdad era importante. Y también tenía asumido que todas estas acciones conducían al aislamiento entre las personas, y como consecuencia se evitaba la más mínima capacidad de rebelión. "Y no es que el individuo no tenga conciencia", pensaba para sí mismo, "lo que ocurre es que la masa social es incapaz de unirse y actuar bajo una misma idea... bajo una misma idea... bajo una misma idea... bajo una misma idea...bajo una misma idea...". P se golpeó el parietal derecho con la palma de su mano abierta. "...bajo una misma idea. Tengo que acordarme de echar la lotería, a ver si tengo suerte de una vez".

    14 June

    (...)

     

     

    - Algún día llegará la musa otra vez...

        - Ein?...¿La mayonesa? ¿A dónde llegará la mayonesa?

    - Qué mayonesa, ni que leches... Hablo de la inspiración, no de una marca de mayonesa.

        - Inspiración? Uy...¿Quién es esa? ¿Se ha muerto? ¿Alguien del pueblo?

    - La madre que me pa... A ver, se dice expiración no inspiración. Y en mi pueblo no hay esos nombres tan raros...

        - Ahhhh... Esa me la sé, es el ejercicio ese: inspira, expira.. ¿A que si?!!... Y en tu pueblo si que hay nombres raros, que esos los he oído con mis propios ojos...

    - En serio que un día de estos pido el divorcio...

        - ...

     

    26 April

    "Himnosis"

    Veni, vidi, vinci. Llegué, vi, vencí. Ahí lo tienes. Sí señor, Cayo Julio César, con un par. Porque ir pa' ná es tontería, ¿no? Si "venis" y "vidis", pero no "vincis", ya me dirás tú. Se te queda cara de socio del Atlético de Madrid, y luego viene Sabina y te hace un himno.

    Está bien eso de los himnos. Tener un himno da un plus, da tradición, solera, categoría... Y si tiene letra, entonces es impresionante. Puedes ser el cabecilla de la asociación, grupo, hermandad o cofradía más cutre del mundo, pero si tienes un himno... ¡Ah, amigo! Eso son palabras mayores. Catorce tíos borrachos cantándolo a voz en grito, copas en alto... Eso sí que impresiona.

    Y si la letra es en latín, ya ni te cuento. No hay nada tan entrañable como una coral universitaria entonando el Gaudeamus igitur, mientras las lágrimas asoman por los ojos de tenores y contraltos, y el público hace ver que se lo sabe, generalmente con poca fortuna.

    Porque esa es otra, la gente que murmulla o farfulla, disimulando, porque no sabe la letra de lo que canta o recita. El caso más flagrante es asistir a una comunión, bautizo o similar, y percibir un rumor ininteligible a la hora de rezar el Padrenuestro. Es lógico, una vez que ya nos sabíamos la letra, van y la cambian. Los curas quieren que vayamos a misa, pero no se dan cuenta de que en realidad, si no vamos, es porque nos da vergüenza no estar a la última, que nos cambien "el pan nuestro de cada día" por "el pan que cada día nos das" o cualquier otra cosa, y quedar fatal ante esa señora a quien acabas de dar la paz sin demasiado entusiasmo.

    Aunque en realidad somos expertos en el arte del disimulo. Todos sabemos cantar canciones en otras lenguas, lo que ocurre es que no las acabamos, y disimulamos. ¿Quién no ha cantado alguna vez: "Yesterday... all my troubles seem so far away...", para luego continuar "lálarílo, lálaríííílolaaaa"? ¡Y qué bien que lo pronunciamos!: "Yesterdei... ol mai trabels sim sou far auei...". Y así con un montón de canciones.

    Aunque a veces el lalalá lo hacemos a propósito. Por ejemplo, si cantamos la canción de cumpleaños de los payasos de la tele dedicada, pongamos por caso, a alguien que no goza de nuestra simpatía, sonaría algo así:

    Feliz, feliz en tu día...
    Amiguito que Dios te bendiga...
    Que reine la paz en tu vida...
    Lalalá, lalá, laláááá.

    En fin, que, volviendo a los himnos, me quedo con esa imagen de los futbolistas minutos antes de empezar el partido de su selección, cuando el infinito pasa por sus miradas. ¿Qué deben de pensar? Seguro que algo así como que, con la pasta que ganarán en ese partido y los sucesivos, se van a arreglar la cocina. El patriotismo es lo que tiene, que genera ataques de himnosis...

    06 April

    Cuestión de perspectiva

    Un niño pasea, cogido de la mano de su padre, por las calles de la gran ciudad. Es un trayecto iniciático, la primera vez que sus noventa y cinco centímetros de altura se sumergen en la marea humana que oculta las aceras.

    A veces, arrastrado por el brazo que le apresa y le dirige, ha de correr y esquivar bosques de piernas que le salen al paso. Ante él aparece un mundo extraño, un universo de seres sin rostro ataviados con diferentes calzados, pantalones, faldas y vestidos; una plantación móvil de maletines, bolsos y mochilas que amenazan con golpearle a cada instante; una selva que apenas le permite encontrar la luz del sol.

    El padre, ajeno a los interrogantes que se adivinan en los ojos desmesuradamente abiertos de su hijo, se zambulle con él en una boca de metro, y lo obliga a traspasar el torno que gira y le golpea, al completar la vuelta, en la espalda. Ya en el andén, un ruido monstruoso se acerca desde la oscura boca del túnel, y un tren hace su entrada en la estación disminuyendo bruscamente su velocidad. Una mujer gira una maneta y las puertas se abren con un movimiento violento y espasmódico. Suben al vagón y el niño trata de sujetarse a una barra que une el techo y el suelo en la que se agolpan, por encima de él, no menos de seis manos. Las cercanas rodillas de los pasajeros le dan algún que otro suave golpecito. Tras un corto trayecto, abandonan el metro en una moderna estación, gracias a unas gigantescas escaleras mecánicas, donde apenas llega a alcanzar la cinta de goma deslizante a la que intenta aferrarse para aguantar mejor el equilibrio.

    Una vez fuera, el padre se detiene a comprar el periódico, mientras el niño evita la quemadura de un cigarrillo enganchado a una mano que está a punto de rozarle. Entran en un bar y, tras sortear  su cabeza las afiladas esquinas de las mesas, se sientan en una de las escasas mesas libres del local. Un zumo de melocotón calma la sequedad de su boca y su garganta mientras escucha a su padre, que le pregunta:

    "– ¿A que lo has pasado bien en el paseo? Cuando hagamos el recado volveremos a casa en autobús, ya verás qué divertido."

     

     

    04 April

    Adelante

    "Pues nada", se dijo, "que habrá que seguir adelante".

    Las banderillas que llevaba clavadas en la nuca cada vez le resultaban más molestas, especialmente porque le desgarraban la piel y los músculos a causa del roce con la enorme y pesada caja que transportaba cargada a la espalda. Todo sería más sencillo si el camino no estuviera infestado de enormes plastas de elefante que le llegaban hasta las rodillas y dificultaban los movimientos de sus piernas. Y, desde luego, sería mucho más llevadero si esos malditos enanos, que aparecían en el momento menos pensado, dejaran de darle patadas en los testículos.

    "Venga, hombre", se dijo, "vamos a seguir adelante", mientras pensaba en esa mano que le animaba y que le sostenía cada vez que desfallecía.

     

    16 March

    Las campanas doblan (por Bon Scott)

    Perdido en el recuerdo de miradas perdidas, J olvidó que el volante del coche debía continuar oscilando a derecha e izquierda. El impacto con el quitamiedos fue tremendo, pero tal vez no hubiera revestido mayor importancia si este no se hubiera doblado como el plástico, permitiendo que el vehículo lo superara y cayera montaña abajo con un sinfín de vueltas de campana.

    Era de noche, y J estaba malherido en un lugar apenas perceptible, sin posibilidad de salir del amasijo de hierros que le aprisionaban y le dificultaban enormemente la respiración. Notaba humedad en algunas partes de su cuerpo, seguramente sangre que brotaba de las heridas –como la que notaba caer en sus labios–, y no sentía nada desde la cintura hasta los pies.

    Desistió inmediatamente de realizar actos heroicos, y se centró en intentar lograr que el dolor no fuera insoportable. Se relajó, acomodó la respiración a sus posibilidades y, una vez que consiguió alcanzar un estado tolerable, intentó valorar cuánto tiempo le quedaba de vida. No tenía la menor idea, pero estaba convencido de que no llegaría a ver la luz del amanecer. Lejos de asustarse, entristecerse o ponerse histérico, su mente entró en un estado de paz absoluto: por una vez, existía algo claro e inevitable, algo que no dependía de él ni de nadie más; algo que llegaría sin remedio, hiciera lo que hiciera, pasara lo que pasara.

    La sensación de que nada dependía de él llevó su tranquilidad a un extremo desconocido. Sintió cómo de sus ojos brotaban lágrimas que no eran de dolor ni de tristeza: eran lágrimas que liberaban el cansancio acumulado a lo largo de toda su vida. En aquel momento, en ese preciso instante, J era J, él, solamente él.

    Poco a poco fueron apareciendo todas y cada una de las personas que formaban parte de su vida. ¿Las echaría de menos? Por primera vez fue plenamente consciente de que sólo echaría de menos (si es que eso era posible en el más allá) a aquellas que, sin duda, le echarían de menos a él. Eso limitaba el círculo a seis, siete, tal vez ocho personas; y, si dejaba de lado la consanguinidad, una o dos. Sin duda, todas ellas lo superarían.

    En poco tiempo, pasaría a ser un recuerdo borroso, con las ventajas inherentes: lo malo se olvidaría, y tan sólo quedaría lo bueno. La idea, a medida que iba madurando en su cabeza, le parecía cada vez más atractiva.

    De pronto, unas sirenas interrumpieron sus ensoñaciones: "¡Mierda! Alguien sabe que estoy aquí". Esta vez las lágrimas que brotaron sí eran de tristeza. Movió el cuello hacia atrás todo lo que pudo, y dejó que su boca se fuera inundando de una mezcla de sangre, lágrimas y saliva. Cuando ya apenas cabía una gota más, haciendo un gran esfuerzo, la tragó, consciente de que no podría evitar el vómito.

    Su último pensamiento se lo dedicó a Bon Scott.

    31 January

    Carta

    A ti

    Tu cuerpo, que un tiempo fue suave, se volvió poco a poco áspero y, súbitamente, férreo. Tu voz, que un tiempo fue alegre, se volvió poco a poco ronca y, súbitamente, chirriante.

    Tu cuerpo, que un día fue opaco, ahora es transparente. Tu voz, que un día fue vibrante, ahora muere sin eco.

    No agradezco los momentos suaves y alegres, ni los opacos y vibrantes (¿recuerdo su existencia?). Nada te agradezco, porque uno es reflejo de sus obras, no lo que inventa su boca, y en ti todo fue ficción. Más vale tarde que nunca, por fin te descubriste. Más vale tarde que siempre, por fin me liberaste.

    No es cierto mi desamor, porque es el fin de una ficción: la de un amor que fingiste que nació y que yo quise creer. Pero es cierto mi descanso, sazonado de desprecio hacia quien no me permitió gozarlo antes, como lo es mi indiferencia al recordar que alguna vez fuimos dos. Y es cierto, al fin y al cabo, el rechazo que me produce tu persona.

    Nada te deseo, ni malo ni bueno.

    Nada es mi palabra, y te describe.

    Fénix

    09 December

    Memorias de ti en mí

    Sentada en la barandilla –"corre, corre, que te pillo", parecen decir las olas que rompen bajo tus pies– tu fino pelo se alboroza con la brisa. Con mis codos sobre el cemento, con mi cabeza entre mis manos, observo tus pies en un ángulo en el que sólo parecen existir ellos y el mar, repleto de juguetonas quimeras de luz reflejadas en su superficie.

    Guardo ese instante en la memoria de las cosas que no existen, porque ese momento nunca existió para mí. Pero existió para ti, y eso es suficiente para que yo también lo haya sentido. Las circunstancias que nos han alejado, que definen encuentros cada vez más breves, y que ya no nos permiten salir a beber cerveza por las noches, no impiden que tu felicidad acreciente la mía.

    Hoy haré por verte. Y te agobiaré con mis conversaciones pretendidamente trascendentes. Ya sabes que me aburre lo baladí, así que hoy, si los astros lo permiten, te veré y hablaremos de política, de cine o de música, de viajes (de los tuyos, porque los míos nunca han existido), de los niños conflictivos a los que intentas iluminar el futuro, o del color de los olores o el olor de los colores, que eso poco importa.

    Pase lo que pase, sabes que te quiero.

    10 October

    La falsa realidad

    Camino de la reinterpretación espuria de la falsa realidad. Realidad que no es una, sino varias, dos o tres, tal vez cuatro, quizás infinitas. Todas falsas, menos una, o todas ciertas, según quién, o según qué, o según el estado de ánimo. Múltiples caminos para un idéntico final, sólo uno e inevitable. Por más que reinvente, no invento nada nuevo, tal vez elijo un nuevo uso del invento, tal vez creo nuevas formas de lo eternamente conocido. Elijo, elijo, elijo... ¿cómo quiero morir? Ni siquiera eso elijo, o sí, siempre que yo sea el que elige la muerte, y no acepto la que me será dada, pero no quiero esa elección, prefiero morir de angustia y desespero. ¿O prefiero no morir? Condena eterna de vivir eternamente, ver cómo naces, creces y mueres tú, y tú, y tú, y tú, y tú... Y me arrugo y me plancho, y me mojo y me seco, y me caigo y me sostengo. Reinterpreto el infierno que no es mío, que es de todos, para creerme que todo está bien porque tú, desarraigado, sin papeles, moribundo, estás peor. Lucho porque tú ya te rendiste, y me rindo porque no sé luchar, ni por mí, ni por ti. Yo, que llevo el luto en mi interior, contigo, que lo llevas en tu piel, o en tu mirada, de tanto que te quema en tu interior. Yo, moribundo ante mi equipo hi-fi y mi televisor, tú ante la arena del desierto, ante el viento que te lleva, ante el agua que te ahoga, ante la tierra que tiembla. ¿Quién elige su muerte? Tú y tus ganas de vivir, yo y mi apatía, tú y tus esperanzas, yo y mis desesperos, pero tú no eliges, porque tú mueres, y yo elijo, elijo seguir vivo. No quiero elegir si tú no puedes hacerlo, no sé cómo elegir por ti, ni quiero ser otro grano de arena en tu desierto. Como héroes perdidos, tú deambulas buscando mi casa, y yo me pierdo en ella. Contigo enfrente, yo no soy nada. Contigo enfrente, nadie es nada. Meros reinterpretadores espurios de la falsa realidad.

    26 September

    Esquizofrenia ganadora

    "Mucho tiempo ha pasado desde que las oí por primera vez. Al principio, cuando niño, eran las compañeras de mis juegos solitarios; más adelante fueron la réplica de mis ratos de estudios; luego, las portavoces de mis descuidos de conciencia; de mayor, se convirtieron en la expresión de mis reniegos; y ahora, por último, son los gritos de mis agobios.

    Salvo en alguna ocasión en la que escapaban a mi control, nunca me crearon mayores problemas. Pero eso acabó: ya no me dejan respirar, han avanzado tanto terreno que apenas sé distinguirlas de la realidad. Ahora son las dueñas de la situación, y llego a mantener conversaciones con ellas.

    Sé que sólo son las voces de mi conciencia, o de esa parte de mí que se resiste a navegar por mi mundo, pero ya han adquirido entidad. He discutido con ellas muchas veces, y sé que si me esfuerzo aún puedo lograr que las órdenes que le dan a mi cerebro no se cumplan. Ayer, sin embargo, estuvieron a punto de ganar: incluso consiguieron hacer que me moviera en contra de mi voluntad, y eso me aterroriza, porque desconozco cuál puede ser el paso siguiente: ¿se atreverán a cumplir alguno de sus irracionales deseos?

    Por eso he decidido acallarlas. En este momento están vociferando, y sus gritos retumban con tal fuerza en el interior de mi cabeza que apenas puedo escribir. No quiero seguir escuchándolas, no hay nada bueno en ellas. Sólo se me ocurre una manera de hacerlo, sólo hay una manera, sólo una..."

    19 September

    El caminante

    (Inspirado en las crónicas del caminante de Tiscali.)

    Cuando el caminante siente que su cuerpo emite las primeras señales de fatiga tiende a desoírlas y busca fuerzas que le ayuden a llegar aún más lejos en su lucha con la distancia. Así que prosigue, y no ceja en su empeño hasta que el paisaje comienza a aparecerse como un cuadro lejano, fantasmal e intangible. Entonces se detiene, rendido al agotamiento y al aturdimiento que le provocan la falta de aire y el exagerado ritmo del corazón. Se sienta, y por un instante vuelve la vista atrás.

    El descubrimiento que hace nunca le deja indiferente. Se sorprende al observar que el camino recorrido no se parece al que ahora divisa. El cambio de perspectiva le ofrece una nueva manera de descubrir lo que creía conocer. En ocasiones, reconoce oscuridad donde había luz, claridad donde había penumbra, sombras donde encontró reflejos, destellos donde no vio nada... En ese momento desea apresar el nuevo horizonte, aún perplejo por no reconocerlo, pese a haberlo recorrido piedra a piedra. Así que coge la cámara fotográfica, elige el ángulo que llama más su atención y lo inmortaliza. Con el tiempo, al ver el resultado, recordará que fue el cansancio el que le hizo descubrirlo.

    Un cansancio similar al que ahora, sentado ante un café, le hace mirar atrás y no creer lo que ve: una lluvia de flechas, lanzadas por arqueros invisibles, que caen a su alrededor y forman una prisión de la que no sabe escapar. Cierra los ojos, remueve el azúcar con la cucharilla, y el sonido que produce al chocar con las paredes de la taza retiene la lágrima que amenaza con perderse en la negrura del café que la ocupa.

    El reino de la nada

    Pensó que necesitaba sentarse un rato a oscuras para mirar al pasado, al futuro y, por qué no, al presente. El pasado le producía angustia, rabia y dolor. El futuro aparecía envuelto en una densa niebla que no permitía distinguir la más leve silueta. El presente... ¿existía realmente el presente? Cansado de ver siempre lo mismo en sus reflexiones, dejó vagar su mente.

    De pronto, se encontró sentado en medio de una nada ornamentada con un precioso paisaje. Montes verdes, con escasa vegetación, que se adentraban en el mar en forma de rocas poderosas contra las que rompían las olas dejando burbujeantes rastros de espuma blanca. Allí, recostado contra el respaldo de un trono totalmente fuera de lugar, se sentía el rey de su vida, el dios del vacío. Se encontraba tan bien, sentía tanta paz, que deseó quedarse por siempre. Deseó morir allí sentado, no volver nunca a la realidad que le aguardaba tras sus párpados cerrados.

    Pero entonces sonó el teléfono y, sin abrir los ojos, lo acercó a su oído. La voz que sonaba al otro lado le hizo volver en sí. Le recordó que existía una vida más allá de las brumas. Y, aunque él era incapaz de distinguirla, decidió creerla de nuevo. Durante unos días, quién sabe cuántos serían esta vez, intentaría descubrir paisajes allí donde sólo veía negro asfalto.

    09 September

    Sin cartas

    Cuando ella vio los ojos de él inyectados en sangre tuvo un breve momento de lucidez. Mentalmente, y a una velocidad vertiginosa, repasó todo lo que había pasado los últimos meses y, por un instante, se sintió culpable: tal vez no había actuado bien en muchas de las cosas que había hecho. Ahora, en cierto modo entendió la expresión de ira en la cara de él. No se le pasó por la imaginación que él fuera a actuar de forma violenta, nunca lo había hecho antes, y más bien siempre había adolecido de lo contrario, de una calma que rozaba lo exagerado. Pero esa cara...

    Cuando él vio los ojos de ella perdidos en un punto indeterminado, la ira lo invadió de pies a cabeza. Él era incapaz de hacer daño a nadie, y sólo quería que ella analizase la situación y atendiera a razones. Pero no parecía predispuesta a hacerlo. Así que calló, y una tremenda sensación de desamparo hizo desaparecer toda la rabia y el enfado acumulados. Dio media vuelta y comenzó a caminar. Apenas había dado tres o cuatro pasos cuando se detuvo, se giró y le dijo, con voz queda y tranquila: "¿Recuerdas todas las veces que me pediste perdón y me decías que eras una mala persona y yo te contestaba que no eras mala, sino todo lo contrario, y que el problema eran los demás? Pues estaba equivocado. Tenías razón: eres una mala persona".

    Y se fue, asumiendo que había perdido la partida porque ni siquiera le habían repartido cartas con las que jugar.

    08 September

    Estertores

    Se pinchó con una aguja en el dedo. Más que nada, por asegurarse de que estaba vivo. Hacía muchos días que no veía a nadie y que nadie le hablaba, por lo que había adoptado la drástica solución de dejar de comunicarse con todos. El pinchazo le dolió, así que debía de estar vivo.

    ¿O no? ¿Quién podía asegurárselo? ¿Y si estaba habitando en un mundo diferente, en el de los muertos? ¿Qué podía y qué no podía hacer un muerto? Demasiadas preguntas y demasiado absurdas. ¿Cómo iba a estar muerto?

    Cogió el teléfono móvil. Marcó al azar uno de los números de la agenda. Tras unos breves pitidos, una voz sonó al otro lado: "Hola, J, ¿cómo es que llamas?". "Hola... ¿estoy muerto?". "¿Qué dices, tío?". "Nada, déjalo... Perdona".

    Colgó. Entonces, realmente, no estaba muerto. Sin embargo, no acababa de entender cómo el rostro despedazado por un disparo que veía en el espejo podía todavía hablar por teléfono. Y cayó al suelo.

    05 September

    El fin y los medios

    "Reconócelo. Te aburro." La mirada fija del cuerpo que yacía en el sofá no manifestó alteración alguna, a pesar de la premura que se advertía en el tono de la voz. Tras un breve silencio, los sollozos de la mujer inundaron la estancia. Hacía tiempo que pensaba que su pareja ya no manifestaba por ella el más mínimo interés. No pedía que todo fuera como al principio, cuando las sonrisas y las caricias abundaban, cuando cualquier instante era el mejor de todos para oír de sus labios un "te quiero", cuando el sexo era el final ineludible de sus largas veladas en compañía... No. Sólo quería una pequeña muestra de amor, de cariño, incluso con un poco de afecto se conformaría, pero ni siquiera eso llegaba.

    "Ya no me encuentras atractiva. ¿Cuánto hace que no te apetece que hagamos el amor?" Nuevamente encontró el vacío por respuesta. Desesperada, dio media vuelta y se fue a la habitación, se dejó caer boca abajo sobre la cama y rompió a llorar. Cuando por fin logró alzar la vista, descubrió su reflejo en el espejo de la puerta del armario. Descubrió su cara enrojecida, hinchada y húmeda por las lágrimas, y el pelo alborotado, de color rojizo a causa del último intento de cambiar su imagen para atraer su atención.

    "Se acabó". En esta ocasión sus palabras surgieron de su boca en un leve susurro. Decidió llevar a cabo lo que tantas veces había pasado por su mente los últimos meses. Descolgó el teléfono que había sobre la mesita de noche y llamó a su amiga: "Me voy. ¿Puedo alojarme contigo mientras encuentro un sitio donde ir?"... "Gracias". Preparó una maleta con lo indispensable y se fue sin decir adiós.

    (...)

    Días después regresó a buscar más cosas. Algo más alegre, vestida con tonos más llamativos, adornada con todo tipo de collares y pulseras. Cuando entró en el piso, se sorprendió al oír la televisión: se suponía que él estaría trabajando. Se acercó al salón. Allí estaba él, tendido en el sofá. Su postura no había variado lo más mínimo desde el día en que ella lo abandonó. Sin embargo, los cinco días que habían transcurrido sí habían hecho mella en su aspecto: estaba demacrado, el tono de su piel era grisáceo, y se apreciaba en el ambiente un olor desagradable, que se hacía más nauseabundo a medida que se acercaba al cuerpo tendido.

    Se dirigió hacia su habitación, abrió uno de los cajones de su mesita de noche, apartó algunas de las prendas que todavía lo ocupaban y sacó un frasco de pastillas. Extrajo el prospecto: las indicaciones eran claras, eran estimulantes y advertían de la posibilidad de que la libido aumentara notable e inesperadamente. Miró las contraindicaciones. En el último párrafo se podía leer: "La administración de este fármaco en pacientes que manifiesten alergia a su componente principal puede causar severos trastornos, pudiendo llegar a producirse una parada cardio-respiratoria. Asegúrese de que su uso se efectúa en pacientes no alérgicos."

    "También es mala suerte", pensó. "Pero bueno, todos creerán que era él mismo quien se las tomaba, fue una suerte conseguirlas sin receta." Descolgó el teléfono y llamó al servicio de emergencias.

    20 June

    El lienzo de la soledad

    En la soledad que conforman una televisión, un sofá y un cuerpo inerte tendido sobre él, la brisa del aire que entra por las rendijas de la persiana bajada casi por completo es la única señal de que existe un mundo fuera del salón; los cambios de luminosidad recuerdan que también hay un tiempo que pasa; algún grito ocasional, una conversación de tono más elevado que el habitual, el ruido del motor de un coche, representan un nexo de unión ocasional con el resto de la humanidad.

    Una mirada alrededor de la estancia descubre el lienzo en el que se pinta la vida ermitaña: una mesa para comer, un equipo donde escuchar música, una guitarra que tocar, y la eterna caja tonta. Pocos cuadros se pueden crear sobre una tela tan burda: de buen grado el cuerpo inánime se levantaría y destrozaría cada hebra que la compone. Y, sin embargo, allí se queda, estirado, esperando que el sueño le venza.

    Al abrigo de la desesperanza del que nada espera, el cuerpo cae en brazos de la muerte diaria que le transporta a mundos irreales, más sencillos de transitar, y en ellos esboza sonrisas que le transportan a un dulce despertar, a esos minutos de ser y no ser en los que todo es posible: los únicos momentos de felicidad que le otorga su existencia.

    16 June

    Stendhal

    Florencia, 1817. Iglesia de la Santa Croce. Un individuo sale por la puerta del templo dando tumbos, con la expresión desencajada por el desconcierto.

    – ¡Mira, es Marie Henri Beyle!– exclama un joven al verlo pasar.
    – ¡Qué dices, yo creo que es Stendhal, el de los lapiceros!–le replica la chica que lo acompaña.
    – ¡No sabes lo que dices!– responde el chico –los de los lapiceros son Staedtler y Cecilia Böhl de Faber.
    – ¿Estás seguro? ¿Esa no era la del ponche Fernán Caballero?
    – ¡Anda, deja de decir tonterías, que no sabes de qué hablas!
    – Oye, guapo, a mí no me vaciles porque te mando a paseo, ¿eh? –la joven enarbola la funda del instrumento que lleva en la mano derecha y continúa – ¡A ver si te tragas el clarín!
    – ¿Ese no es Leopoldo, alias Clarín?
    – Eres un imbécil, se llama Leopoldo Alas y todavía no ha nacido.
    – No, si no vale la pena hablar contigo. En el fondo soy un pobre desgraciado –dice el joven, bajando la cabeza.
    – ¡Uy, sí! El pobrecito hablador, como Larra.
    – Pero si ese sólo tiene ocho años...

    El individuo, que estaba recuperándose de la angustia y los mareos, los escucha ensimismado, y añade a su malestar físico la desazón mental que le causa la conversación, que parece alargarse indefinidamente. A punto de caer al suelo, consigue apoyarse en una pared donde una placa dorada indica que hay un médico en el portal adyacente.

    Decide subir a la consulta. El doctor lo recibe, le hace diversas preguntas, le toma el pulso y, tras cavilar durante un largo rato, le dice:

    – Creo que padece usted el síndrome de Baileys.
    – ¿Y eso es grave, doctor?
    – Aún  no lo sé, señor Bayleys.
    – No me llamo Bayleys, me llamo Beyle, Marie Henri Beyle –dice el individuo, indignado–. ¡Stendhal! ¿No sabe quién soy?
    – ¡Ah, el de los lapiceros! Pues entonces va a ser el síndrome de Stendhal lo que tiene.

    El individuo abandona la consulta sin pagar y el médico sale corriendo tras él, gritando:

    – ¡Cójanlo, que no escape! ¡Es peligroso, tiene el síndrome de Stendhal y me ha robado un lapicero!

    10 June

    El concurso de blogs (1ª parte)

    Hiddenville es una población del norte del estado de Washington que cuenta con una población estable de cinco habitantes –tres mujeres, un hombre y un abogado– que en invierno se amplia a seis con la visita de un oso que duerme en el garaje del picapleitos.

    A finales del año 2006 se celebró en dicha localidad el "I Concurso Universal de Blogs de Autores Zurdos" (CUBAZ-I). La afluencia de concursantes que se presentaron obligó al Sr. Smith, encargado de la organización del evento, a modificar su rutina diaria considerablemente: tuvo que abandonar, muy a su pesar, la costumbre de arrastrarse aviesamente por la tienda de ultramarinos de la Sra. Jones en busca de latas caducadas de gusanos para la pesca para conseguir un descuento del diez por ciento de su importe.

    Hasta un total de tres esperanzados concursantes procedentes de los lugares más dispares del planeta (una casa de un pueblo abandonado de Soria, un petrolero venezolano y el Vaticano) presentaron sus blogs al certamen. El concursante del Vaticano fue rechazado tras un breve análisis de sus textos: el jurado, compuesto exclusivamente por la Sra. Woodgate, la más ávida lectora de recetas de tartas de arándanos de la comarca, decidió que existían dudas manifiestas en cuanto a la condición de zurdo del Padre Montella. Muy hábilmente, lo dedujo por el personaje de uno de sus textos, que había perdido el brazo derecho y presentaba serios problemas para ponerse ambos calcetines con su mano izquierda.

    Así, hubo una reñida pugna para decidir quién sería el ganador, lo que llevó a la Sra. Woodgate a dejarse de hablar a sí misma mientras dormía las noches de los días impares, hasta que en una de ellas apareció asomado a su ventana el oso del garaje del abogado, cuyas dificultades para encontrar la postura en que aletargarse le producían un insomnio que sólo aliviaba imitando con la boca el sonido de unos zapatos de claqué por las calles de la localidad. Aquella noche, la única miembro del jurado se despertó y se dijo a sí misma que era mejor dejarse de tonterías, salir corriendo y refugiarse en el guardarropa disfrazada de bocadillo de salami, hacia el cual sentían aversión todos los osos de la comarca.

    El día del veredicto representa para el único experto en la materia que existe –un guarda forestal alemán expulsado del cuerpo por ser incapaz de pronunciar la palabra chucrut sin provocar un incendio en la vegetación más cercana– un punto de inflexión en la historia reciente de la humanidad, y marcaría definitivamente el rumbo de la embarcación que transportaba pasajeros de una orilla a otra del río. Esto se debía fundamentalmente a que dicha nave era el único lugar donde almacenar las cajas llenas de folios que habían enviado los concursantes, lo que provocó que se escorara hacia la izquierda, de tal manera que el trayecto que antes era recto y duraba tres minutos había pasado a tener la forma de un muelle estirado y durar seis horas y doce minutos. Ese día, decía, el mundo descubrió una de las figuras más relevantes e influyentes en el pensamiento occidental contemporáneo, a pesar de que sus seguidores nunca pasaron del mágico número de cuatro y medio (el último era un paciente esquizofrénico de un frenopático cercano, que se debatía entre la veneración al maestro y la crítica más ácida y destructiva a su filosofía).

    (continuará...)


    09 June

    El cielo de mañana

    Basado en "Thursday's child", de David Bowie.

    Toda mi vida me he esforzado en dar lo mejor que tenía: no ha habido grandes cambios, todo ha seguido igual. Algo de mí quedó allí anclado, tal vez un suspiro de esperanza que se desvanecía. Quizá nací a destiempo y mi vida se ha partido en dos.

    Guíame al mañana ahora que realmente tengo una oportunidad: todo empieza a encajar, y si miro al pasado es sólo para olvidarlo. De lo único que no me arrepiento es de ti.

    A veces, cuando los días se arrastran y la soledad acompaña las noches, le pido a gritos a mi corazón que se duerma. A veces el valor cae a mis pies. Pero en mi cielo veo a un niño con suerte, ese niño que siempre me ha acompañado.

    Nada me había preparado para que tu sonrisa iluminara la oscuridad de mi alma. Nada me había preparado para la inocencia que me brindan tus brazos.

    A fin y al cabo, yo sólo era un niño que tenía un largo camino por delante...

    Impulsos y ondas

    El cerebro comienza a emitir impulsos eléctricos, que se desplazan de neurona a neurona, hasta llegar a las terminaciones nerviosas, que lo transmiten hasta los músculos; los pulmones toman aire y lo expulsan a través de los bronquios para llegar a la tráquea, que lo conduce a la laringe, donde las cuerdas vocales entran en acción para dotarlo de las características de sonoridad necesarias; alcanza después la cavidad bucal, donde los labios, los dientes, los alvéolos, el paladar, la úvula y la lengua lo matizan y lo convierten en sonidos inteligibles: "te quiero".

    El sonido se transmite por el aire en forma de ondas sonoras que llegan al oído del receptor; por el canal auditivo externo alcanzan el oído medio, donde el tímpano vibra y propaga dicha vibración a la cadena de huesecillos, desde donde alcanzan la cóclea y el nervio auditivo, que la convierte en impulsos eléctricos; la señal llega al cerebro, donde, tras el paso por varias neuronas, se interpreta.

    (...)

    El cerebro comienza a emitir impulsos eléctricos, que se desplazan de neurona a neurona, hasta llegar a las terminaciones nerviosas, que lo transmiten hasta los músculos de las piernas, que se ponen en funcionamiento en una veloz carrera que aleja al receptor del eco que resuena tras sus zancadas.